cultura | 06 de Diciembre de 2017

Heinrich Heine en un retrato del pintor alemán Moritz Daniel Oppenheim Foto Especial

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Alejandro Anaya Rosas, La Jornada Semanal

Viajero en su juventud, como muchos espíritus de su época, y poeta extraordinario; como crítico: lúcido y perspicaz, irónico y osado, Heinrich Heine vierte reflexiones sobre la literatura alemana en escritos que constan de una prosa única y de referencias perso-nales. Un ejemplo claro es La escuela romántica (Die romantische Schule). Aunque no bastaría emparejar dicho libro con, sólo por citar un ejemplo, Historia de la literatura alemana (Geshichte der deutsche Literatur), de Hans Gerd Rötzer, para hacernos a la idea de que los conocimientos literarios referentes a Alemania se pueden esquematizar para entenderlos. Es esencial, en este punto, citar una frase acertada de Román Setton en el prólogo a la versión que publica la Universidad de San Martín, en Argentina, de La escuela romántica: “tal vez podría considerarse que el título que llevó el texto en su primera versión –Sobre la historia de la literatura alemana moderna– es quizá más apropiado que el definitivo.” Así pues, los libros que parcelan la historia en corrientes literarias o escuelas se complementan, siendo extraordinarias guías para el estudioso de las letras. Pero el oficio de Heinrich Heine es, sobre todo, el de poeta, y esta parte creadora da savia a La escuela romántica y la hace destacar entre las historias de la literatura.

A Heinrich Heine le tocó vivir etapas culturales muy trascendentes. El Sturm und Drang (tempestad –o tormenta– e ímpetu), movimiento literario abanderado por jóvenes, que surge en el siglo xviii en Alemania y promueve una voluntad sin sujeciones a las normas, recién quedaba atrás, así que escritores y filósofos con más temple y madurez serán sus contemporáneos. El período clásico alemán, que alcanza con fuerza nuestro tiempo, nutre en gran medida su obra poética y sus críticas; sin embargo, cabe decirlo, sus primeras composiciones líricas están influenciadas por el movimiento romántico de su país, aquel que trata inflexiblemente en los ensayos del libro en cuestión.

Para tener una idea del contexto que vive Heinrich Heine, veamos quiénes son sus coetáneos; Elisabeth Siefer fue contundente al referirlo: Heine es “estudiante de literatura y filosofía con k. a. Schlegel y con Hegel, nada menos”. También conoce 
a Goethe, lo compara con Júpiter y le denomina “panteísta” en las páginas de La escuela romántica, sustentando el adjetivo: “la historia natural […] ocupará a Goethe […] como su principal tarea intelectual”. No yerra, porque, dicho sea de paso, el mismo autor de Fausto expone su interés desde niño por los aspectos científicos en su obra autobiográfica Poesía y verdad (Aus meinem Leben: Dichtung und Wahrheit): “Desde mis tiernos años sentía yo un impulso investigador frente a las cosas de la Naturaleza.” Sin embargo, el único encuentro entre Heine y Goethe dista de ser épico; así lo narra Heine, con una cierta frugalidad poética: “Y cuando finalmente lo vi, le dije que las ciruelas sajonas eran deliciosas. Y Goethe sonrió. Sonrió con los mismos labios con que alguna vez había besado a la bella Leda.” Pero Heinrich Heine no es el apologista al servicio de una figura, aunque en ella vislumbre una repercusión extraordinaria, pues si bien en la analogía con la deidad que lleva a cabo sobre Goethe es categórico, igual lo es al decir que con los Schlegel: “La forma desdeñosa e insultante en que finalmente [Goethe] rechazó a estos dos hombres huele profundamente a ingratitud.”

En La escuela romántica hay un constante diálogo entre su autor y otros escritores de lengua alemana; empero, las interpretaciones de los textos literarios y la historia, y la forma en que el poeta entrelaza ambos, obedecen al propósito de la crítica. La crítica, en este caso –sin pretender salirnos del plano de las humanidades–, tiende de manera audaz a reformular la idea del romanticismo alemán; es decir, mientras anécdotas y lenguaje envuelven al lector, el ojo crítico del poeta lleva a cabo análisis de textos, enunciando razonamientos rigurosos sobre sus contemporáneos. El libro parte con cierta lógica diacrónica con respecto a lo que sería una historia literaria: torna al pretérito, a la Edad Media. Así, Heine inicia sus reflexiones desde la génesis de algunas de las expresiones literarias de su pueblo –como el Nibelungenlied (El Cantar de los Nibelungos) o los poemas de Wolfram von Eschen-bach–, ayudando a saber por qué es inevitable arribar al medievo cuando se habla del romanticismo alemán. Aquí un ejemplo de los periplos literarios que encontramos en La escuela romántica: del medievo Heine va al catolicismo, de aquella “visión cristiano-católica” pasa inmediatamente al “materialismo espantosamente colosal que se había desarrollado en el Imperio Romano”, para representar de forma clara y contundente la evolución del espíritu desde que aquel imperio romano cae y los pueblos del norte se convierten al cristianismo; todo ello haciendo claro énfasis, más que nada, en las transformaciones espirituales de los artistas y de la sociedad en general.

Es tarea nuestra entender la historicidad del poeta para no tomar con displicencia La escuela romántica, esto por la parcialidad que el texto significa en nuestro presente como Historia de la literatura. En el libro existen “ideas” que, a pesar de su carácter de tópico, descuellan por la forma en que Heine las trata; por ejemplo el punto de vista sobre el “arte”, que es un principio utilizado a lo largo de la historia y que proclama la independencia del mismo ante cualquier tipo de juicios e ideologías, punto de vista que podemos hallar en otros escritores como Théophile Gautier. Heine es un autor vigente, y los textos de La escuela romántica nos ayudan a resignificar, de manera inteligente, conceptos como “romanticismo”. De igual manera se pueden tomar sus trabajos críticos como un paradigma para quien de la crítica literaria pretenda, como dice Fernando Martínez en su Metapoética, “reclamar para sí el estatuto de obra creativa”